María tiene 58 años. Antes de enfermar llevaba una vida intensamente activa a nivel profesional, social y cultural. Practicaba deporte, viajaba con frecuencia, asistía a conciertos, leía de forma constante y gestionaba varios proyectos empresariales, entre ellos un despacho jurídico y distintas empresas vinculadas a sectores como el inmobiliario, el pesquero y la biotecnología.

Desde hace más de una década convive con una enfermedad compleja, multisistémica e invalidante, que se agravó de forma dramática tras la pandemia de Covid-19. En esta entrevista relata su recorrido vital, marcado por el deterioro físico y cognitivo, la falta de atención sanitaria, las reactivaciones virales y el difícil aprendizaje de vivir con límites.


La enfermedad y los primeros síntomas

Pregunta: ¿Cuándo empezaron tus problemas de salud?

María:
Aunque muchas personas sitúan el inicio con el Covid, en mi caso los primeros síntomas comenzaron alrededor de 2010. Ya entonces presentaba una sintomatología muy similar a lo que hoy se describe como Covid persistente: fatiga intensa, deterioro cognitivo, intolerancias alimentarias y a fármacos, dolores musculares y articulares, cefaleas constantes.

Además, aparecieron ataques de pánico, ansiedad generalizada, sequedad extrema de mucosas y problemas gastrointestinales importantes. Todo coincidió con varias situaciones de gran impacto emocional y un estrés brutal. A partir de ahí mi salud empezó a deteriorarse progresivamente.


Diagnósticos previos y abandono sanitario

Pregunta: ¿Recibiste algún diagnóstico en esos primeros años?

María:
Tardaron casi nueve años en diagnosticarme fibromialgia. Durante todo ese tiempo estuve de consulta en consulta sin respuestas claras. Cuando me derivaron a una unidad del dolor, me negué a acudir porque conocía casos tratados con opiáceos muy potentes y yo no quería pasar por eso.

Opté por un cambio de vida radical: yoga, meditación, técnicas de relajación, vida sana y romper con entornos que me dañaban. Eso me permitió disminuir algo el dolor, pero nunca recuperar una vida normal.


El impacto del Covid y las vacunaciones

Pregunta: ¿Qué ocurrió con la llegada de la pandemia?

María:
Tras la segunda dosis de la vacuna de Pfizer, en junio de 2021, me encontré muy mal y acabé en urgencias. A partir de ahí mi estado de salud empeoró claramente.

Después llegaron los contagios: diciembre de 2021, enero de 2022 y marzo de 2022. Con cada episodio la sintomatología se agravaba. No era una gripe. Nunca lo fue.


Sintomatología postcovid

María:
Lo que vino después fue una sintomatología generalizada, indescriptible e insufrible. Empecé con insomnio severo, pesadillas recurrentes, sudoraciones nocturnas, extrasístoles ventriculares, hipoglucemias, hipotermia, espasmos musculares y calambres en las piernas.

Aparecieron sarpullidos en la cara, picores generalizados compatibles con histaminosis, diarreas frecuentes y, en muchas épocas, una imposibilidad total para ingerir alimentos sólidos.

Tenía intolerancia al ruido, a las relaciones sociales, necesitaba silencio absoluto y aislamiento. A nivel emocional desarrollé una depresión profunda, miedos e inseguridades constantes. La intolerancia ortostática era brutal. No podía realizar tareas domésticas y mucho menos trabajar.


Urgencias constantes y diagnóstico definitivo

Pregunta: ¿Cómo respondió el sistema sanitario?

María:
Durante años acudí a urgencias cada dos o tres meses. Siempre me mandaban a casa: analíticas normales, radiografías y poco más. Nunca profundizaban.

Finalmente, fue la Unidad de Covid Persistente la que me diagnosticó Covid persistente y EM/SFC. Posteriormente lo corroboraron Medicina Interna y Neurología. A partir de ahí, paradójicamente, dejaron de atenderme. Actualmente ningún especialista quiere seguir mi caso y mi médica de atención primaria reconoce no tener formación sobre Covid persistente.


Consecuencias laborales, discapacidad y sesgo de género

Pregunta: ¿Cómo afectó todo esto a tu vida laboral?

María:
Antes incluso del Covid tuve que dejar la abogacía y la gestión de mis empresas por el deterioro físico y cognitivo. Por eso me reciclé y me formé durante cinco años en coaching, en Madrid, A Coruña y Barcelona.

Llegué a ejercer como life coach durante unos meses, con la idea de pasar al coaching organizacional, pero el estrés me provocaba crisis de ansiedad y ataques de pánico. Tengo ansiedad generalizada y estrés postraumático de carácter crónico.

Solicité la incapacidad absoluta, pero solo me concedieron la total. En discapacidad me reconocieron un 39%, sin valorar ni la fibromialgia ni ahora el Covid persistente.

Existe un claro sesgo de género: a las mujeres se nos cuestiona, se nos deriva a psiquiatría y se nos medicaliza como si todo fuera psicológico.


El punto límite: eutanasia

Pregunta: ¿Hubo un momento especialmente crítico?

María:
Sí. Tras varios contagios de Covid y ante la desatención sanitaria, solicité iniciar los trámites de eutanasia. Para mí no era una vida digna y no quería seguir viviendo así.

Sabía que no me la iban a conceder, pero necesitaba marcar un límite. Vivimos en un sistema que prefiere vernos agonizar antes que ofrecernos una atención real.


Tratamientos y sensibilidad farmacológica

Pregunta: ¿Qué tratamientos te han ayudado?

María:
He probado muchísimas terapias alternativas: sintergética, acupuntura, reiki, biomagnetismo, además de una gran cantidad de suplementos desde el principio.

A nivel farmacológico, el antiviral (Valtrex) fue clave cuando se detectaron reactivaciones virales. Otros fármacos como el Dolquine o el montelukast me sentaron fatal; acabé en urgencias con bajadas extremas de pulsaciones. Mi cuerpo es extremadamente sensible a la medicación.

La alimentación ha sido fundamental: productos de la huerta, pescado fresco de la ría, agua de manantial, agua de mar, dieta antiinflamatoria, prebióticos, probióticos y suplementos digestivos. El descanso reglado y no forzar son imprescindibles.


Movimiento, mar y entorno

Pregunta: ¿Qué papel ha tenido el ejercicio?

María:
El mar ha sido una de mis grandes medicinas. Empecé con baños de agua fría; al principio solo podía estar 30–45 minutos, pero noté una mejoría brutal. Poco a poco conseguí nadar y caminar.

Creo que la natación me ayudó mucho a nivel pulmonar por el trabajo respiratorio bajo el agua. Hubo momentos en los que tenía que acudir a urgencias a por oxígeno porque me ahogaba.

Ahora puedo nadar una hora y caminar una hora seguidas. Desde noviembre de 2025 voy al gimnasio tres días a la semana, dos días a clases de baile y uno o dos días camino una hora. Puedo hacer las labores domésticas y algunas gestiones.


Deterioro cognitivo

María:
No puedo trabajar.El deterioro cognitivo me ha hecho muchísimo daño: me cuesta prestar atención, no retengo información, tengo pérdidas de memoria brutales. No recuerdo nombres, calles, palabras, ni su ortografía. A veces tengo que usar Google para escribir una palabra.

Me cuesta seguir conversaciones y, si me pongo nerviosa, me bloqueo y no me salen las palabras. A veces me hablan y es como si escuchara otro idioma.


Miedo, límites y relaciones sociales

Pregunta: ¿Cómo ha cambiado tu relación con los demás?

María:
El miedo forma parte del día a día: miedo a caerte, a comer algo que te siente mal, a tomar un fármaco, a forzar. Incluso miedo a relacionarte con personas que te exigen más de lo que puedes dar.

He aprendido a decir “hasta aquí es mi límite”. Muchas veces evito relaciones sociales como mecanismo de autodefensa.


Recaídas, aprendizaje y aceptación

Pregunta: ¿Cómo estás ahora?

María:
He aprendido que esto es crónico. Puedo tener cierta calidad de vida, pero no estoy curada. En diciembre de 2024 tuve una remisión y recaí. En abril de 2025 una reactivación viral me volvió a tumbar.

Ahora sé que tengo que limitar, no forzar y aceptar. Estoy buscando terapia EMDR para trabajar los miedos e inseguridades que esta enfermedad me ha generado.


Mensaje final

Pregunta: ¿Qué te gustaría transmitir a otras personas en tu situación?

María:
Que no están solas. Que lo que sienten es real, aunque no sepan explicarlo. Es una enfermedad indescriptible, insufrible, que solo se entiende cuando se vive.

Por eso quiero dejar constancia. He presentado una reclamación ante el SERGAS. Quizá no sirva a corto plazo, pero al menos quedará por escrito.

Esto no es una gripe. Nunca lo fue.



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